jueves, 13 de agosto de 2009

PASIÓN POR LA ALMAS


Una vez, un joven fue llamado al ministerio. Eso fue antes de la revolución comunista de Fidel Castro. Dios la llevó a Cuba para predicar el evangelio.
Siendo ya un adulto de edad avanzada, a sus 64 años, cierta mañana puso en su maleta unos ejemplares del Nuevo Testamento y caminó una distancia de 3 kilómetros hasta llegar a la Habana.

Estando allá, puso en la calle una caja de manera, se subió encima y predicó la Palabra de Dios. Después hizo el llamamiento y distribuyó los ejemplares del Nuevo Testamento. Terminó su evangelismo personal y al anochecer regresó a pie los 3 kilómetros de vuelta a su casa.
Alrededor de las 11 de la noche, un joven le tocó la puerta. El misionero que ya estaba descansando, después de la larga jornada de 6 kilómetros, se levantó y la puerta. Entonces él le dijo: “Señor, se que estuvo predicando en mi barrio hoy en la tarde y mi hermano está tan enfermo que está a punto de morirse. ¡Por favor, vuelva conmigo!” Cualquier otro misionero de la actualidad a lo mejor diría: “!Qué pena¡ Estoy tan cansado. Creo que mañana voy por esos lados…”. En cambio, ese gran hombre de Dios lo miró con los ojos de Cristo y sintió la necesidad de aquel muchacho enfermo y sin Dios y de la aflicción de ese hermano que lo había ido a buscar.
Con una linterna él volvió a la ciudad con el joven y recorrió otra vez a pie los 3 kilómetros. Fue a la casa de ellos, le hablo del amor de Cristo al hermano que estaba enfermo y al borde de la muerte, y volvió alrededor de las 4 de la madrugada ¡completamente extenuado! ¡Imagínate! Tenía 64 años de edad y camino 12 kilómetros en menos de 24 horas.
Al amanecer, alguien llamo a la puerta. Para sorpresa del misionero era el joven que llorando, agradecía al misionero por haber hecho el gran esfuerzo de ir a hablarle de Dios a su hermano. Y el joven le repitió las ultimas palabras que dijo su hermano antes de morir, quien agarrando el Nuevo testamento Exclamó con lagrimas en sus ojos en los momentos finales de vida: “ira contigo, Señor Jesús. Gracias te doy por haberme enviado al misionero que vino a predicarme la palabra de Dios. A través de él pude conocer a Dios. Estoy salvo… me iré con Cristo…”. Aquel joven partió hacia la eternidad con Cristo, gracias a la entrega y pasión de un siervo de Dios que no midió esfuerzos y que por la fe pago el precio del cansancio físico para ver, aunque fuera, una sola alma salva.

*Esto fue tomado del libro heme aquí SEÑOR envíame a mi por Josué Yrion… gracias a Dios por ese siervo

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